A 121 años de su nacimiento, la Secretaría de Cultura recuerda a una de las figuras más originales y disruptivas de la literatura argentina del siglo XX.
Cada 23 de octubre, la literatura argentina recuerda el nacimiento de Norah Lange (1905-1972), una de las figuras más originales y disruptivas de las vanguardias del siglo XX en América Latina. Durante décadas, la historiografía literaria la relegó al lugar de “musa” de la generación del 22 o la situó a la sombra de algunos de sus célebres compañeros de ruta, como Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo, quien fue su pareja. La perspectiva contemporánea, sin embargo, recupera a Lange como una escritora imprescindible, dueña de una poética singular y una voz propia. Nacida en Buenos Aires, en el seno de una familia de origen noruego, Lange se vinculó desde muy joven con el circuito literario porteño y con los movimientos de renovación estética que atravesaban la cultura argentina. Su nombre quedó ligado al ultraísmo y al martinfierrismo, y participó de publicaciones emblemáticas como Prisma , Proa y Martín Fierro , espacios en los que las mujeres todavía ocupaban un lugar excepcional. En 1925, a los veinte años, publicó La calle de la tarde , su primer libro de poemas, cuyo prólogo estuvo a cargo de Jorge Luis Borges. La obra marcó el comienzo de una trayectoria que continuaría con Los días y las noches (1926), El rumbo de la rosa (1930) y Versos a una plaza (1934). Desde esos primeros textos, Lange construyó una escritura atravesada por la exploración de la intimidad, la memoria, el deseo y una particular sensibilidad ante los espacios cotidianos. Pero fue en la narrativa y en la literatura autobiográfica donde su escritura alcanzó una de sus expresiones más singulares. Publicó las novelas Voz de vida (1927), 45 días y 30 marineros (1933), Personas en la sala (1950) y Los dos retratos (1956). En ellas desarrolló una narrativa de atmósferas inquietantes, marcada por la introspección, la observación psicológica y una mirada capaz de transformar situaciones aparentemente cotidianas en escenas cargadas de misterio y tensión. La memoria ocupó también un lugar central en su obra. En Cuadernos de infancia (1937), Lange reconstruyó episodios de sus primeros años a través de una escritura que combina evocación personal, imaginación y sensibilidad literaria. El libro recibió el Primer Premio Municipal y el Segundo Premio Nacional de Literatura. Siete años después publicó Antes que muera (1944), continuación de ese proyecto autobiográfico. Su figura excedió, además, las páginas de sus libros. Lange fue una presencia destacada en la vida pública de la vanguardia y se hizo célebre por su elocuencia, su humor y sus intervenciones en los banquetes literarios de la época. Parte de esos discursos fueron reunidos en Estimados congéneres (1968), donde puede apreciarse otra dimensión de su escritura y de su personalidad pública: la de una mujer que se apropió de la palabra y de los espacios de la vida literaria para desafiar las expectativas impuestas a las mujeres de su tiempo. Ese protagonismo fue reconocido también institucionalmente. En 1958 recibió el Gran Premio de Honor y la Medalla de Oro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), un reconocimiento a una trayectoria que, sin embargo, durante mucho tiempo quedó eclipsada por la de los hombres de su generación. A 121 años de su nacimiento, la obra de Norah Lange ocupa un lugar singular en la literatura argentina. Sus textos conservan la fuerza de una escritura que desafía las formas convencionales de narrar la intimidad y abre, todavía hoy, nuevas posibilidades de lectura.























